Robo del reflejo

La niña entró en la tienda de artesanías a la hora de la siesta. Era un establecimiento pequeño y humilde, frecuentado por visitantes que buscaban recuerdos de la ciudad, especialmente de su puerto y sus famosas focas. Sin embargo, la niña no prestó atención a los suvenires. Se dirigió directamente a las antigüedades, donde se amontonaban figuras de porcelana, vajillas antiguas, vestidos pasados de moda y retratos de perros. Muchos de aquellos objetos estaban cubiertos de polvo.

Llevaba una mochila negra en la espalda: desinflada, ligera, a simple vista vacía. La dueña la reconoció enseguida. Era la nieta de su mejor amiga, quien cumpliría años el sábado, así que supuso que buscaba un regalo para su abuela. La niña preguntó por las joyas, la vajilla vieja y los cuadros de la costa, pero nada parecía convencerla. Decía que quería algo lindo, aunque prestaba más atención a otros rincones de la tienda que a los artículos que le mostraban.

La llegada de dos clientas interrumpió la búsqueda. Sola entre las antigüedades, la niña encontró un espejo de mano, de marco adornado y aspecto delicado. Lo sostuvo durante unos instantes y, contemplando su reflejo, decidió que era eso lo que buscaba. Puso rápidamente la mochila sobre la mesa e intentó introducir el espejo en ella, sin dejar de vigilar a la dueña. Pero la carcajada repentina de una clienta la sobresaltó y, sin darse cuenta, dejó el espejo junto a la mochila. Cerró la mochila convencida de haberlo guardado y salió corriendo.

Cuando la dueña volvió a mirar hacia la niña, solo alcanzó a verla marcharse. El espejo seguía sobre la mesa. Sonrió, pensando que la pequeña había cambiado de opinión. Como el cumpleaños de su amiga sería el sábado, decidió que aquel espejo podía convertirse en un bonito regalo y lo guardó cuidadosamente.

Mientras tanto, la niña corría calle abajo con la mochila golpeándole la espalda, aún vacía. En una esquina pasó junto a dos policías que gritaban a un hombre que se había trepado a una baranda. Le advertían que podía caerse y le ordenaban bajar. La niña, al escucharlos, aceleró el paso.

Unas calles más adelante, una multitud salía de un salón donde se celebraba un evento de época. Al ver a tantas personas reunidas, la niña se asustó, dio media vuelta y tomó otra ruta.

Cerca de su casa, un hombre que parecía perdido bajó la ventanilla de su automóvil para preguntarle una dirección. La niña cambió bruscamente de rumbo y salió corriendo antes de que pudiera hablarle.

Después de dar varias vueltas por el barrio, llegó a su casa. En lugar de utilizar la puerta principal, rodeó la vivienda hasta el patio trasero. Se aseguró de que nadie la siguiera y entró.

Su madre estaba ocupada con Mateo, su hermano menor, que acababa de comer y la había ensuciado con buena parte de su comida. Necesitaba ir al baño para limpiarse, así que le pidió a la niña que vigilara al pequeño durante unos minutos.

La niña aceptó. Esperó a que su madre se alejara, comprobó que estuvieran solos y se sentó frente a Mateo, todavía con la mochila al hombro. Entonces comenzó a contarle su aventura.

—Acabo de llegar a casa, Mateo, y vengo cansada porque me estaba escapando de muchos espías, pero finalmente los perdí. Sí, Mateo, a mis perseguidores. Imagínate que dentro de esta mochila ya tengo el regalo de cumpleaños de la nana, sí, para la fiesta del sábado. Pero no te voy a contar cómo lo conseguí, ni cómo lo robé… Digo, cómo lo obtuve… No me mires así, yo soy una niña buena. Incluso creo que Santa me dará un regalo mejor por preocuparme tanto por la nana…

» No me interrumpas, que todavía no te he contado nada. Resulta que fui a la tienda de “La seño” M para comprarle algo a mi nana. En la tienda había muchísimas cosas, tantas que, si los duendes escondían una, nadie se iba a dar cuenta… ¡Que no me interrumpas con tus gases de leche, Mateo!

» En fin, entré y pregunté por muchas cosas viejas. Mientras tanto, miraba qué podían darme los duendes, algo lindo para dárselo a la nana. Y como por arte de magia, encontré un espejo hermosísimo, tanto que cuando lo vi decidí inmediatamente que ese era el regalo perfecto para la nana, pues tenía unos adornos muy bonitos y muchas arruguitas, algo elegantes, similares a las de la nana.

» “La seño” M estaba mirándome, así que tuve que esperar. Y tuve suerte, pues entraron dos señoras gordas a la tienda y ella tuvo que ir a atenderlas. Entonces pude decirles a mis amiguitos que me ayudaran… ¿Qué amiguitos? Pues los duendes, Mateo. Puse la mochila cerca del espejo y los duendes hicieron su magia. Lo teletransportaron mágicamente hasta mi mochila… ¿Los duendes sabían que era para la nana? No lo sé…

» Cuando me dijeron al oído que ya estaba todo listo, “La seño” M me miró y yo “desimulé” muy bien. Le sonreí muchísimo, así, con todos los dientes, y salí corriendo… Aunque creo que alguien sí me vio, porque apenas salí de la tienda empecé a sentirme muy rara. Algo estaba mal, Mateo. Al parecer, la puerta tenía polvos antiduendes, y en ese momento pensé que “La seño” M era muy inteligente por poner algo que detuviera a los ladrones de verdad…

» Cuando salí, los polvos me cayeron encima y me sentí cansada y asustada. Yo creo que los polvos estaban encantados, porque mis piernas empezaron a correr solitas… Menos mal que corrí, porque enseguida apareció la policía. Y sí, Mateo, la policía, la de verdad. Había dos policías esperándome en una esquina, y empezaron a gritar que me detuviera y más cosas que no entendí. Casi me “cat-turan”, pero yo fui más rápida. Corrí todo lo que pude y luego ya no estaban detrás de mí.

» Pero llamaron a otros policías, porque cuando llegué a la plazoleta ya me estaban esperando los agentes secretos… Un montón de agentes secretos… Estaban disfrazados de personas normales para que yo no los reconociera… Pero yo sí los reconocí y, como soy muy lista, conseguí escaparme por otro lado. Tuve que correr muchísimo porque casi me atraparon…

» Luego llegó el jefe de los agentes secretos. Estaba escondido dentro de un coche, unas calles más adelante. Fingía que buscaba algo y miraba para todos lados, pero yo sabía que estaba esperando a que volviera… Cuando me vio, quiso llamarme para decirme algo y corrí en dirección contraria.

» Y como no quería que me siguieran hasta nuestra casa, tuve que dar muchísimas vueltas por las calles para que no “descibieran” dónde vivimos… Después entré por el patio trasero, porque segura que todavía están vigilando la puerta de adelante, aunque no se vea a nadie… Mateo, ahora estoy aquí, después de escapar de la policía. Todo para conseguir el regalo de cumpleaños de la nana…

» Ahora te lo voy a enseñar, pero no lo toques, no quiero que lo rompas… A ver, está aquí adentro… ¿Eh? ¿Dónde está? Aquí lo metí… Yo me acuerdo de que sí… ¡No te rías, Mateo! ¡No da chiste!… Los duendes lo pusieron aquí, estoy segurísima. Los escuché cuando me dijeron que ya estaba. Y después cerré la mochila…

» A menos que… No, ya sé lo que pasó… “La seño” M llamó a los ninjas… Los ninjas son invisibles cuando quieren, y de pronto me siguieron por todo el pueblo y me quitaron el espejo, pero ahora… ¿Y ahora qué le regalo a la nana? Yo quería regalarle algo lindo. Y el espejo era perfecto. Pero ahora los ninjas se lo llevaron y ya no tengo nada…

» ¿Un dibujo? ¡Tienes razón, Mateo! ¡Eres un gran “coincijero”! Le haré un dibujo de cómo me robaron los ninjas el espejo… Ahora te pido un favor: no le vayas a contar nada a mamá, porque esto es un secreto. Es un secreto de hermanos.