
Los supuestos viajes – Ciudad de México
Hoy me di cuenta de que las cosas a veces no son como uno quiere, y eso está bien…
Primera parte
Mayo 21
Salí de mi casa con dos maletas de mano, mi mochila llena de papeles, mi pasaporte, mis boletos de avión, casi dos mil dólares y un boleto para ver a una de mis artistas japonesas favoritas. Iría a México aquella noche.
Tomé un taxi y sentí mucho gusto cuando le dije al conductor: “Al aeropuerto internacional”. Sus preguntas fueron interesantes: ¿Para dónde iba? ¿Cuánto tiempo iba a durar allá? ¿Había salido antes del país?, y aunque le contestaba muy superficialmente, las respuestas reales me daban el gusto. Incluso me contó un par de historias, y me dio la misma recomendación que me dio mi madre: “No lleve champú, ni desodorante en aerosol. Se lo quitan al revisar sus maletas”.
Al llegar, esos grandes vidrios que me daban la bienvenida al último lugar de Bogotá en el cual estaría antes de salir del país, me asustaron. Eran muy imponentes y me gustaba como se veían, pero daban miedo. Caminé, y después de preguntarle a un hombre a dónde debería dirigirme, hacer filas y filas en migración, en la aerolínea, y en la entrada a la sala de espera, por fin me senté a esperar la hora y media restante antes de subirme a mi vuelo.

Mayo 22
Era las doce y media de la mañana cuando llamaron para que abordáramos el avión. Me dio miedo, pero ya no había que hacer, ya estaba hecho. Era sin dudas el momento más importante de mi vida, pues nunca había salido del país e iba a ir solo a un “mundo nuevo”. Suspiré y llegué a la puerta 3 donde una señorita muy amable me sonrió y me pidió boleto y la forma migratoria. Por alguna extraña razón me asusté más que cuando el hombre de migración se burló de mí por ir una semana a México por una cantante, pero aquella señorita me sonrió, me dio la bienvenida y me deseó un feliz viaje. Con un poco más de confianza entré en el túnel que me daría ingreso al avión.
Una azafata me ubicó rápidamente en mi asiento: me había tocado la ventana, y como iba en clase económica no esperaba más atención del personal, pero todas las azafatas se portaron muy amables y dispuestas a ayuda bajo cualquier percance. “Es obvio, para eso deben pagarles”, pensé finalmente. Cuando dieron las indicaciones de emergencia, debí parecer un idiota poniendo suprema atención a lo que decía la señorita con un dialecto mexicano muy marcado, también me sorprendió que el mismo mensaje lo dijeran en inglés.
Cuando las puertas se cerraron y el avión empezó a rodar por la pista me eché la bendición, pues, aunque no parezca, soy creyente. Recé un padrenuestro y antes de decir “Amén”, fui interrumpido por una voz en el parlante que decía “Buenas noches señores pasajeros. Soy Miguel Cortés y tengo el gusto de ser su piloto en esta ocasión. El vuelo está programado para la 1 y 20 de la madrugada, con una duración de aproximadamente 5 horas, pero si el clima nos favorece esta madrugada el tiempo puede ser menor. Espero que disfruten del viaje y gracias por confiar en nosotros”.

Poco a poco el avión aceleró en la pista, dio un par de vueltas y luego con el acelerador a fondo corrió para que antes de llegar al final de la pista, se elevara majestuosamente en el nocturno cielo Bogotano. Las luces eran muy pocas en el piso, pero ya en el cielo la ciudad se veía hermosa y aunque no pasó mucho tiempo para que saliéramos de la ciudad, fue maravilloso el hecho de ver aquel espectáculo.
A mi lado iban dos hombres, uno joven, incluso pensé que era menor que yo, y el otro mucho mayor de unos 60 o más. Ambos se acomodaron con almohadas y pequeñas cobijas que las azafatas nos habían facilitado antes del despegue. En menos de 20 minutos de viaje el caballero de edad avanzada ya estaba dando ronquidos tranquilizadores, mientras que yo seguía estampado en la ventana tratando de adivinar sobre qué sector del país íbamos sobrevolando, luego me cansé e inicié la lectura de los folletos de emergencia del avión, y cuando los leí casi 5 veces, saqué mis audífonos y sintonicé una lista musical de pop americano.
Pasó una señorita de falda corta y le pedí un vaso de agua que muy gustosa me dio. Le pregunté si ella me podría despertar en dos horas a lo cual me dijo que sí, así que después de ello cambié a música clásica y me dejé llevar por el sueño. Terminé durmiendo casi dos horas exactas.
Cuando desperté miré mi reloj, y la señorita muy formal había cumplido mi requerimiento de sueño, lo cual le agradecí. Adicionalmente mencionó un refrigerio y me preguntó si acaso deseaba consumirlo, a lo cual accedí contento.
Al mirar por la ventana no se distinguían más que las pequeñas nubes que atravesábamos y la oscuridad de lo que yo asumía era el mar. No había mucho que ver, así que cuando obtuve el refrigerio que fue un sándwich, un tipo de gomas y una bebida similar a la avena, lo tomé con calma. Poco antes de terminarlo vi luces bajo nosotros. Quise saber exactamente que pueblo era el que estábamos sobrevolando, pero no pregunté o intenté saciar mi respuesta, pues estaba maravillado viendo pinceladas de luz bajo nosotros.
Poco a poco las luces iban y volvían mientras avanzábamos y de mi salió un suspiro: “¿Por dónde iremos?”, a lo cual una voz juvenil me respondió: “Si quieres enciende la pantalla y ahí puedes ver por dónde vamos”. Era el joven que iba al lado mío. ¿Le había despertado, o había sido mi impresión? Tenia cara de tonto mientras el estiró el brazo y frente a mi puesto oprimió unos botones que no había visto antes. Se encendió la pantalla, y con unos pocos comandos sobre la pantalla pude ver un mapa. En dicho mapa indicaba, con un lindo avioncito, que íbamos sobrevolando Costa Rica y que hace poco habíamos sobrevolado la ciudad de San José.
Agradecí la información al joven y me presenté, el hizo lo mismo, se llamaba Antonio. Me contó que iba a ver sus padres y que su abuelo, el hombre a su lado, lo había ido a recoger en Bogotá después de varios meses en el país. Me contó que estaba en la universidad, estudiaba ingeniería civil, pero que se había dado un año sabático pues quería conocer Suramérica, y que antes de Colombia había viajado a Argentina, Uruguay, Bolivia y Perú. Me contó que vivía en una ciudad llamada Cuernavaca, pero tendría que aguantarse al menos un par de días antes de llegar a casa pues sus padres vivían en el DF.
Me preguntó por mí, quién era y qué hacía, así que le resumí mi vida, al igual que él lo hizo, mientras íbamos atravesando El Salvador. Traté de responder netamente lo que él me preguntaba de una forma muy amena y sin parecer que estaba tratando de ser un poco precavido. Le conté sin exagerar mi afición sobre la música japonesa y coreana, mi sueño de ser escritor y lo feliz que era sin ningún tipo de relación en mi vida. Le conté que había renunciado a todo por dicho viaje y que, si México me daba las posibilidades, me instalaría en el país sin duda alguna.
—Genial, pero una semana no bastará para conocer si te gusta o no.
“Lo sé”, respondí. Pero estaba decidido a que no había nada ni nadie en Colombia que me hiciera volver allá. Que, si el ambiente de la ciudad me caída bien y el clima me favorecía debido a mi enfermedad, empezaría a hacer los papeles para alojarme en el país durante más tiempo.
De pregunta en pregunta, le toqué el tema de sus viajes a los demás países, y sobre cómo se sentía al viajar solo, a lo que él me decía que no era muy difícil, que amaba viajar, conocer lugares y sobre todo gente como yo. No entendí muy bien, pero luego entendí que se refería a la típica gente que no conoce y habla sin saber que se pierden encerradas en un solo lugar.
La conversación se acabó cuando su abuelo despertó, puesto que empezaron a hablar entre ellos y yo me quedé mirando a la ventana y a la pantalla como poco a poco nos acercábamos a nuestro destino. Su abuelo no era muy dado a hablar con desconocidos.
Después de ello dormí casi una hora.
Poco antes de las 6 de la mañana, cuando el firmamento se estaba aclarando, sentí como el avión descendió lentamente. Pude ver como una ciudad inmensa estaba bajo nosotros, no era muy diferente a Bogotá, solo el tamaño me pareció diferente, pero era igual de hermosa. Nos acercamos al aeropuerto, y sin darme cuenta ya el tren de aterrizaje se sucumbía contra el suelo. Tembló un poco pero ya estábamos en tierra firme.
El avión se parqueó, y el tono de levantarse y empezar a bajar sonó. Antonio y su abuelo se despidieron deseándome suerte en mis cosas y bajaron primero. Yo, miraba por todos lados y me despedí cordialmente de las azafatas que además de ser serviciales estaban muy lindas.
Al bajar del avión, tenía las piernas temblando. Me eché la bendición y recé un padre nuestro, y de nuevo, antes de decir “amén”, unas señoritas por un pasillo me decían: “Bienvenido a México”.
Me hallaba en el 9º punto de mi lista: “Llegar vivo a México”. Ahorrar dinero, sacar pasaporte, comprar la boleta del concierto, comprar pasajes de avión a México, reservar hotel, comprar ropa, renunciar a mi trabajo, irme sin remordimiento eran los anteriores puntos… quedaban pocos, pero quedaba sobre todo el más difícil: “Que el gobierno mexicano no me deportara a Colombia por sospecha”.
Para mi fortuna, la mujer de turno que me atendió no puso mucho problema, o por lo menos yo fui muy precavido. ¿Cuál es el motivo de su visita en el país? ¿Cuánto dinero lleva con usted? ¿Tiene algún itinerario? ¿Cuánto tiempo se va a quedar en el país? Yo, con una carpeta con todos los documentos respondí. Al final la señorita me sonrió, selló mi pasaporte y me dijo con un lindo acento: “Bienvenido a México”.

Pasando de migración, tomé mis maletas y salí del aeropuerto Benito Juárez con una cara de tonto. Era ese el 10º paso… solo faltaban unos cuantos.
Continuará…