La princesa Ruda
Había una vez, una chica fuerte y ruda llamada A, que vivía en una granja con sus padres.
A, era una chica independiente y colaboradora. Tenía grande sueños y se esforzaba para cumplirlos.
A, no salía mucho de su casa porque tenía un secreto: odiaba al sol. Y la gente le decía que no se veía bonita.
Ella no le gustaba que hablaran si era o no linda, solo le gustaba pensar en cumplir sus sueños.
Un día A, tuvo contacto con el mundo exterior y se dio cuenta que más allá de su casa, habían personas similares a ella: gente que luchaba por sus sueños.
Salió a caminar y de repente se encontró con un granjero. Estaba sucio y malherido. Ella lo auxilió.
Lo llevó a su casa y lo alimentó. Nunca había hecho una cosa similar, por ende sus padres se vieron gustosos por el cambio de actitud de su hija.
Después de ello, el granjero volvía cada vez que podía a visitar a la chica ruda que lo había salvado.
Poco a poco, A fue cautivada por aquel granjero y le contó cosas que había guardado para sí misma.
El granjero llegaba todas las noches y le contaba historias que le ocurrían, a lo cuál ella escuchaba atentamente.
“Una vez fui seducido por la bruja de las salamandras y me quitó todo mi dinero”, decía él.
“Un día me casé con un sancocho”
“Le declaré cariño a una cabra a punta de topes”
“Otra vez, estuve en una tierra de leche y galletas. Ese día me dolió mucho el estómago de tanto comer”
“Conocí a varias princesas: de caramelo, de lechuga, de savia, de limón y de los carros…”
“… Pero nunca una princesa ruda, y esa eres tú.”
“Mi princesa ruda”
Desde aquel momento, el granjero pobre y desaliñado llegaba noche tras noche pregonando su amor por A.
A, no conocía sus sentimientos y luchó contra ellos, pero aquel granjero ya había sacudido algo.
Poco a poco ambos iniciaron un camino juntos, aún cuando A sentía miedo de no saber cómo manejar su cariño.
A confesó al granjero, que ella le tenía miedo al sol y era por ello que era tan esquiva con la gente que si lo amaba.
Ella le mostró sus talentos, sus fuerzas y habilidades y sobre todo, le confió sus miedos. Era sin duda una princesa ruda.
El granjero le decía muchas veces que ella era hermosa y que no le importaba nada vivir sin el sol, porque era ella la luz que necesitaba su vida.
Él se enfrentó muchas veces a sus miedos, y siempre le tenía preparada a A una historia de cómo los superaba.
Ella aceptó que amaba al granjero y correspondió a sus sentimientos.
Un día A salió de su casa y enfrentó al sol y a los que le decían que no era bella.
Y al llegar a casa, le contó su aventura al chico que la esperaba con otra historia.
Emocionada dio detalles y sensaciones que había tenido aquel día.
El granjero escuchó alegremente su historia y felicitó a su princesa ruda, la alentó a liberarse más.
A, poco a poco enfrentó sus miedos gracias al apoyo que tenía del granjero, ella mejoraba su vida cada vez más.
Pero un día, el granjero no escuchó como es debido y antepuso sus historias a las palabras de A.
Aquel granjero la empezó a decepcionar. Lo hizo demasiadas veces. Muchas cosas la incomodaban y ya no sentía la misma atención del principio por él.
Enamorada pero sobretodo ruda, pasó sobre sus sentimientos y se alejó de él.
Aquella fortaleza la abandonó. Algo le decía que era capaz, y lo era. Pero por algún motivo, se sentía vacía.
Enfrentó miedos, y aunque los superaba, algo le faltaba.
Se dio cuenta que amaba al granjero, pero él la había decepcionado. Su orgullo era muy fuerte, y solo hasta que aceptó eso, no se dio cuenta que le faltaba compartir esas victorias, esos momentos de fortaleza y sus historias épicas contra el mundo.
Pudo haber olvidado a ese harapiento granjero. Aunque hubiera dolido, lo habría logrado. Pero no lo hizo. Realmente lo amaba.
Muchas veces el granjero llegaba a clamar perdón pero las veces que él la había defraudado, eran muchas.
Ella lloró porque lo amaba, y sufría por su orgullo. Era por ello que dolía aun más. Su propio sentimiento no la dejaba ser.
“Podré no ser el heredero de muchas tierras, o no tener miles de monedas, pero siempre ten en cuenta, que por ti, haría lo que fuera” gritó él una noche de luna llena bajo la ventana de la princesa.
Ella lo escuchó, cerró sus ojos. Se decidió, se levantó de la cama y gritó a los 4 vientos: “Quiero que me ames más que a tus cabras y al sancocho”.
Él trepó la ventana, y frente a frente quedó, tomó sus manos, y un suave tope en la cabeza le dió.
“Si ha de dolernos los topetazos del amor, debemos hacernos fuertes tú y yo”
A partir de ahí, ya no eran solo las historias del granjero, pues ambos iniciaron sus vidas como aventureros.
Ambos rieron y vivieron felices para siempre.
Porque a veces no es que no podamos hacer lo que queremos, sino que necesitamos una motivación para hacerlo, y la princesa se dio cuenta, que no era el granjero su motivación, sino el dejar a un lado si orgullo, y aceptar sus propios sentimientos.
Puede que no vivamos felices siempre, pero al menos que entendamos que el apoyo y amor que damos y recibimos, es la mejor motivación del mundo.
Cuento escrito en Agosto de 2017, y el cual, nadie lo había leído hasta ahora.