Huir hacia la libertad

Y entonces salió corriendo de su casa, huyendo de su vida, queriendo salir volando como las palomas blancas que se liberan para representar la paz. Pero le era imposible hacerlo, ella era una simple niña que, en aquel momento, únicamente tenía una idea en su cabeza desorientada: Correr, correr para ser libre. Realmente quería ir lejos, quería terminar con aquella vida había llevado y le pesaba.
Las piernas le dolían, pero debía continuar pues en cualquier momento su padre volvería a la vida y la empezaría a buscar. Sabía que no podría hacer nada si era alcanzada, por eso debía correr, esconderse lejos, alejarse de todo lo conocido y ver más allá de la montaña que daba acceso al pueblo.
La carretera era el camino más corto para llegar, pero al mismo tiempo el más peligroso. Su padre, con todo y heridas podría tomar el caballo, también la escopeta, y perseguirla por el camino hasta llegar al pueblo; pediría ayuda del Alguacil y demás personas del pueblo para encontrarla.
Avanzaba frenéticamente por el polvoriento camino. Salió del camino un par de veces para ocultarse de los caballos y las carretas que por ahí pasaban y aprovechaba para descansar en ese momento. Todos eran amigos de su padre, y era obvio que le creerían a él y no a una pequeña de 12 años.
A un par de kilómetros para llegar al pueblo, vio que se acercaba la carreta del cura, esta era tirada por un caballo joven que había donado la congregación. Recordó que una de sus vecinas tenía enfermo a su esposo y cuando la enfermedad era muy grave, lo llamaban a él para escuchar la confesión del enfermo. Por la velocidad que llevaba, era fácil asumir que iba en busca del doctor, que vivía en el centro de la ciudad, pues estaba a punto de morir. Ella sabía del tema porque había vivido lo mismo con su madre hace más de un año.
Al verlo, salió de entre los árboles y le hizo señas. El caballo, que iba corriendo a tope, frenó bruscamente y casi hace caer al sacerdote.
Después de pedir disculpas por atravesarse, le pidió que la llevara al pueblo. El hombre la vio y la reconoció. Le dijo que sí, pero que se subiera rápido, pues el enfermo que fue a confesar había empeorado su estado de salud. En el camino preguntó si Dios salvaba a los únicamente a los buenos, y la respuesta la asombró, pues Dios no tiene preferencias, todas las personas son sus hijos, y los ama independientemente si son buenos o malos. Ella suspiró y pidió en voz alta a Dios que ojalá continuara con vida, esta vez refería a su propio padre.
Minutos después, llegaron a la casa del médico, al bajarse ella agradeció y continuó su camino, corriendo, con la entrada del pueblo en mente. Ahora más que nunca debía huir.


Su padre había cambiado mucho desde la muerte de su esposa. Físicamente se había desgastado debido a que se embriagaba casi todas las noches, más de una vez estuvo a punto de perder su empleo. El trato con las personas se redujo al punto que solo usaba monosílabos y expresiones corporales.
Con ella, su hija, la luz de sus ojos, la princesa de papá, fue mucho más notable el cambio. Un par de días después del funeral, ella entró a la habitación donde él miraba por la ventana, llevaba un tazón de avena. Al verla, se levantó y la agarró a golpes, ella pidió que se detuviera, pero aquel hombre solo veía a su mujer en esa mirada inocente.
Durante varios meses el maltrato para la pequeña fue intermitente, algunas veces un par de golpizas el mismo día, otra veces una semana con un simple empujón. Una noche antes del aniversario del fallecimiento, llegó borracho a la casa y mientras ella le servía la cena, la tomó del cuello, le rompió el vestido y la violó. Ella se convenció, al igual que con las golpizas, que haber perdido al amor de su vida, lo hacía mucho más inestable y fue débil. No pudo resistirse, y ella como la mujer de la casa, debía suplir todas las necesidades de su padre. A la mañana siguiente su padre amaneció radiante, como si hubiera renacido, como si fuera otro hombre. Le pidió a su hija que se encargara de la casa, que dejara la escuela, y que fuera la niña que su madre siempre quiso que fuera.
La transformación del hombre fue vertiginosa al punto que todo el mundo en la comarca y sus alrededores lo notaron, y el argumento que recibían del hombre era un poco extraño, pues decía que su mujer pronto cumpliría un año de dejarlos a él y a su pequeña hija, que la vida seguía y que ellos dos deberían vivirla a plenitud.
Una mañana, mientras ella limpiaba un jarrón que su madre le había regalado cuando había cumplido 7 años y el cual atesoraba, su padre llegó y le preguntó si ella estaba pensando en ir a la escuela, que sabía que su madre le había dicho que fuera a aprender matemáticas y a leer pero el no estaba de acuerdo. Ella le dijo que su madre le leía cuentos y que también anhelaba poder algún día hacer eso y muchas cosas más. Furioso le gritó diciendo que la escuela no le servían a las niñas, que ellas debía aprender a hacer los quehaceres de la casa, cocinar, lavar ropa y lo más importante, tener y criar hijos. También recalcó que más adelante debía conocer a un hombre que su padre aprobara pues él no estaría de acuerdo con cualquier bueno para nada, y ella inocentemente preguntó a qué se refería pues no entendía nada. Se le acercó, tomó sus manos y la liberó del florero. La empezó a tocar. Ella se sintió incómoda y trató de defenderse, pero el miedo la invadió; quiso gritar pero no pudo. El padre, al ver que ella cedía, sin pensar siquiera que era por terror, le quitó la ropa y la tomó como su mujer.
Los hechos de aquel calibre fueron frecuentes, unas veces fueron violentos, otros dominados por el terror. Pero a la mañana siguiente ninguno daba pistas del tema y pretendían que nada de eso había ocurrido.
Una mañana, algunos meses después del aniversario, mientras la pequeña veía por la ventana de la cocina como una pandilla de niños corrían hacia la montaña, ella supuso que se dirigían a un riachuelo que había cerca. Suspiró pensando que ella podría ir, pero la comida del mediodía aún no estaba lista y su padre no le permitiría dejar sus obligaciones por estar jugando con unos desconocidos. Ella soltó un pequeño llanto que se intensificó gradualmente. No quería ser más la mamá de la casa, no quería cocinar más, quería correr como los otros niños, cazar bichos y recolectar flores. No quería que su padre la golpeara ni que la tocara más.
Su lloriqueo atrajo a los niños eran incluso más pequeños que ella. Le preguntaron que porqué lloraba, y solo pudo responder que no podía salir a jugar y eso la ponía triste. Uno de los niños le dijo que no llorara más y le dio una flor azul, luego salieron corriendo hacia la montaña. La actitud infantil en ella, floreció como la rosa que le acababan de regalarle, así que puso la flor en el jarrón que su madre le había dado, y cuando la iba poner en el comedor para salir corriendo tras los niños, escuchó como un caballo relinchaba de hambre mientras se detenía frente a su casa. Papá había llegado.
Ella se asustó y se paralizó. Solo pudo ver como entraba dejando la escopeta junto a la puerta. Él preguntó por la comida y vio hacia la cocina (la casa era pequeña y no tenía paredes divisorias en el interior), no había nada preparado aún. La vio a los ojos y le dijo que si tanto quería parecerse a su madre, no le bastaba con tener sus mismo ojos.
Ella despertó en ese momento, jamás quiso parecer o reemplazar a su madre, así que gritó con todas sus fuerzas que no quería ser como su madre y que no sabía nada de cómo ser una mamá, ella era una simple hija, y era su papá quien debería ser la mamá de la familia.
Los ojos del hombre se inyectaron de sangre, la tensión se le subió y se puso rojo de furia. La abofeteó y la niña salió a volar. Le gritó que ella misma había tenido la culpa por haber nacido mujer. Las mujeres eran sólo un instrumento, que el hombre era el ser perfecto, y ella como niña, ni siquiera podía complacerlo, aun cuando su mismísima madre se lo pidiera.
El hombre se acercó a un cajón de la cocina y sacó una botella de licor, era temprano para beber, pero estaba enojado. Se sentó en una silla y empezó a tomar botella tras botella que la niña le suministraba cada que él se lo exigía.
La mejilla le dolía y sangraba por la nariz pero no importó, pues aquel borracho le exigió comida. Ella por miedo a ser golpeada, caminó cerca a él para ir a la cocina y cumplir con la petición, pero fue lanzada por lo aires por un nuevo golpe en el rostro.
Al tratar de levantarse recordó un cuento que le había contado su madre, en el cual una pequeña niña era salvada de un terrible lobo a punto de comersela. Rezó a Dios que fuera buena con ella; pidió desde lo más profundo de su corazón que apareciera por la puerta un leñador y que la salvara de aquel lobo ebrio y abusador. Desvió su mirada a la puerta y vio la escopeta. Pensó rápidamente y decidió ser su propio leñador, así que se levantó mientras su padre se sentaba de nuevo en la mesa y empezaba a pedir más alcohol.
Llegó a la puerta, tomó el arma que se apoyaba sobre la pared y como si fuera una espada, la blandió. Acertó un golpe en la sien del hombre, que no se dio cuenta de nada ya que con media docena de botellas ya estaba ebrio. El golpe solo lo tumbó de la silla, pero era un blanco fácil. La pequeña aprovechó y como si fuera un palo golpeando un edredón, apaleó a su progenitor en la cabeza hasta que en un punto ya no había rostro.
El llanto de la niña fue liberador, gritaba de miedo, de ira, de tristeza. No sabía que había hecho, pero entendió que algo malo iba a pasar. Lloró un par de horas hasta que se le secaron los ojos y no pudo más. La tarde se acabaría en cualquier momento. Tomó agua, se lavó la cara, y luego tomó el florero que estaba quebrado. Le dijo al cuerpo de su papá que no quería matarlo, pero que sabía que estaba muerto como mamá.
El cuerpo se retorció, el hombre tosió y la pequeña, con pánico en sus ojos, le lanzó el florero en la cara y salió corriendo de la casa mientras recordaba una frase que le había dicho su madre.
“Los seres humanos somos libres, pero las mujeres no lo somos. La sociedad nos quita esa libertad”.


Al llegar a la entrada del pueblo, vio como una familia en un pequeña caravana hablaban de irse al siguiente pueblo antes de que anocheciera. La pequeña se ocultó dentro de un baúl donde había ropa, y lentamente un par de caballos arrastraron su vida hacía la libertad.