El vagabundo y sus mascotas
Quiero confesar que yo tenía una misión importante, por lo menos para mí y para los afectados. Durante años me dediqué a salvar a las mascotas perdidas. Empecé con eso hace al menos 20 años.
Llevaba al menos dos años viviendo en la calle. Cuando salí de mi hogar, tenía problemas con la droga. Era un fantasma en la sociedad, en mi familia, en incluso en mi vida. Fueron momentos difíciles. Una noche, cuando estaba a punto de morir de frío, un pequeño carrocho me dio su aliento en medio de la oscuridad y la lluvia. Aquel perro se acostó a mi lado, y me compartió su calor corporal. Esa noche no morí gracias a él.
A la mañana siguiente me percaté que el perro no era de una raza pura, “criollito” como les digo yo, pero si tenía un collar con su nombre, se llamaba Capitán. Era obvio que Capitán tenía familia, que estaba perdido, y por su pelaje, no llevaba mucho de extraviado. Pensé que con el olfato podría volver, pero de pronto estaba tan asustado que no podía, o que había escapado, pero no se veía maltratado ni desnutrido. Definitivamente se había perdido. “Puede ser que dejaron la puerta abierta de la casa, él salió como loco a ladrarle a una moto; corrió tanto que cuando quiso volver, no logró encontrar el camino de regreso, dio vueltas por las calles y terminó conmigo”, fue lo que pensé en ese momento. Entonces pensé en qué hacer con aquel cachorro, pero por más que le di vueltas al asunto, no podía quedarme el perro, yo no quería cargar con la responsabilidad de otro animal. Así que decidí, al menos intentar, llevarlo a casa.
Caminamos por muchas calles. No tenía idea alguna de cómo encontrar a los dueños del pobre perrito que me seguía por puro compromiso. Pedimos en varios restaurantes pequeños comida que les hubiera sobrado o que estuviera a punto de echarse a perder y agua, como siempre, no se tenía mucha suerte en algunas partes, pero en algunas veces, como pedía para el perrito y para mí, las personas se apiadaban de nosotros y nos daban arroz, frijoles y huevos fritos llenos de grasa que no podrían vender.
Nuestra búsqueda de la comida fue exitosa, y ambos compartimos un banquete en un parque público. Durante nuestro almuerzo le conté a Capitán lo duro que era la vida en la calle, que no todos los días había tanta comida, que al menos ya no luchaba contra la droga que en un principio había impulsado a que robara espejos de carros o a personas en la calle con navaja en mano. Le conté que, como la noche anterior, siempre había frío, que la única cobija que tenía, me la había regalado la alcaldía de la ciudad para hacer que nos rehabilitáramos y volviéramos a la vida formal, que dejáramos la calle. Yo tuve que escapar de ese lugar porque me golpearon después de que se fueron las cámaras de televisión. Por eso no estaba tan sucio, por eso tenía mi cobija, y estaba limpio desde hace tanto tiempo. Le dije también que la familia era importante, que mi familia me había dado la espalda y que no me recibió, por ello no pude volver de nuevo a la sociedad, pues el agujero que dejaron en mí era tan grande que no podría remendarlo. Que no quería dejar esa posibilidad en el aire, y que por eso quería devolverlo a su familia.
Aquel día no tuvimos suerte.
En la noche le conté mis historias, de cómo había salvado a unas jovencitas de ser traficadas del país, de cómo sembramos árboles en el parque a cambio de unas cervezas, de la vez que me había metido a la cárcel durante algunos días porque supuestamente había robado a un extranjero que caminaba por la calle de noche, y muchas historias más… Los ojos del perrito me miraban muy cautivado de las historias que le compartía. Ambos dormimos como hace muchas noches no lo hacíamos.
Al día siguiente le pregunté a un policía si había recibido algo sobre un perrito desaparecido, y él me dijo que eso era cosa de todos los días. Me dijo que me acercara al punto móvil para ver si alguna persona había dejado los datos del perro que yo tenía. La había: Una pequeña niña a unas calle de allí.
Mientras caminamos, le iba dando consejos para cuidar de su familia, que se portara bien con ellos, que no hiciera cosas malas, porque la familia era lo más importante. Al llegar a la casa, la niña, dueña del perro, y su madre nos atendieron. La pequeña estaba feliz, emocionada y muy agradecida. Solo le di el consejo de que cuidara un poco más de él. Me despedí de Capitán, gran perro.
Como recompensar recibí unas monedas, y una mirada de agradecimiento por parte de la pequeña que me movió el alma como nunca antes lo había sentido.
Durante mucho tiempo esa sonrisa y ese sentimiento de agradecimiento quedó en mi cuerpo. Fue entonces cuando decidí que quería regresarle la alegría a esas familias, igual, no tenía nada que hacer.
El segundo animal que devolví a su familia fue una gata “orange Tabby”, se llamaba Albina, a una pareja de ancianos que lo habían perdido un par de semanas antes; el gato, al parecer, ya se había acostumbrado a la calle, pero al volver a la casa se le vio muy feliz. La recompensa fue, esta vez, más dinero, pero no lo hacía por eso.
Los meses pasaron y yo empecé a reencontrar a más mascotas con sus familias. La ciudad, era enorme, pero me encantaba caminar y pues no tenía nada que hacer. Claramente no todo fue éxito al principio, más de una vez me tocó sacar animales de la perrera, y a otros casi de la olla (donde los mataban y hacían carne de embutidos), pero valía la pena. Poco a poco un par de mascotas se volvieron una docena y luego sin darme cuenta, en más de 3 años llegué a las mil mascotas recuperadas.
Mis métodos de búsqueda mejoraron, recibí recompensas económicas, y muchas veces tuve que devolver a Albina a sus dueños. Poco a poco la voz se empezó a correr, y empecé un negocio: “Olfateadores”. Sí, dejé de ser un simple vagabundo, alquilé un cuarto y me compré un teléfono celular donde gente empezó a llamarme para pedir ayuda. Luego el negocio empezó a crecer, porque encontraba más animales que los que me pedía y fue entonces que la idea del alberge me gustó. No saben cuantos animales pierde la gente. Conseguí una casa con un patio grande, contraté a mis amigos “vagabundos”, los buenos, para que me ayudaran a buscar a las mascotas. No les daba dinero, pero si les daba 3 comidas al día.
Entonces sin darme cuenta pasaron 5 años, pude comprarme un carrito pequeño, me asocié con la perrera, hicimos publicidad y marketing en esa vaina del internet y luego invadimos la ciudad de buscadores de perros, gatos, tortugas, y hámster. Un canal de televisión local me entrevistó y me hizo “famoso” en el pequeño nicho. Las llamadas no cesaban y seguíamos dando felicidad a las familias que se reunían.
El albergue siguió creciendo, no solo empleados, animales, familias felices. Así pasaron 10 años. Mi nieto, una tarde llegó a las oficinas, se presentó. Me dijo que estuvo buscándome durante mucho tiempo, que su padre, es decir, uno de mis hijos quería verme para pedirme perdón antes de morir, pues tenía una enfermedad terminal.
Fue hermoso y triste. Que mi iniciativa de unir familias (aunque sea con mascotas), me diera contacto con una familia que me perdió más de 10 años. Hoy, estaba siendo entregado a una familia que me necesitaba más que nunca. Ver a mi hijo así, fue doloroso, pero al menos pudimos decirnos lo mucho que nos extrañábamos, que nos amábamos, que nos perdonábamos, y que estaríamos juntos hasta el momento que pudiéramos estar juntos.
Han pasado más de 10 años de eso, y hoy que vengo del cementerio de animales donde enterramos a Capitán, entendí que mi misión valió la pena lucharla. Gracias Capitán, fuiste el primer paso para poder entender que la familia es importante. Gracias hijo por haberme buscado. Gracias nieto por haberme encontrado.
Seguiré reuniendo a familias con sus mascotas, hasta que sea yo quien no pueda avanzar más, porque aun sigo siendo un vagabundo de espíritu.