Cumplir una promesa
Estaba bailando y pasándola bien con mis compañeros de trabajo en la fiesta de la despedida que había organizado la empresa para la que trabajaba. Había llegado temprano y como vivía fuera de la ciudad, no podía darme el lujo de quedarme hasta el final, por eso lo disfruté mucho y compartí con muchas personas que conozco que, por motivos de horarios y de logística, no lo hago. En verdad era una gran noche.
Después de mucho rato sin preocuparme del tiempo, miré la hora. Tuve un sudor frío, sentí como mis mejillas se palidecieron y un pequeño malestar me inundó. Eran las 10:17 pm. Rápidamente desbloqueé mi celular y abrí los mensajes que tenía de mi novia. En la tarde le había pedido el favor de que me ayudara a preguntarles a los vecinos si sabían a qué hora salía el último bus que salía del paradero hasta el pueblo donde vivía.
Mientras buscaba el mensaje, traté de analizar la situación. Llegaron muchísimas ideas a la cabeza: “Me voy”. “Me quedo”. “Mi novia va para donde mis suegros, debería irme para allá también”. “Pero Orión se va a quedar solo. No salió en la noche. Tampoco cenó”. “Qué flojera quedarme afuera de la casa”. “No me quiero enfermar por el frío que debe estar haciendo”. “Solo me tomé 2 cervezas, así que no estoy borracho”.
En medio de mi pequeño episodio de pánico, lo encontré. Lo leí: “El último, por la calle 13, sale sobre 10:30 – 10:45 pm”. Y mientras encontraba el mensaje, lo leía, pensaba y decidía que hacer, eran ya las 10:22 pm.
Aquella noche, mi novia estaba en el norte de la ciudad en el cine con su hermano viendo una función especial. Su papá los iba a recoger, pero como nuestra casa estaba fuera de la ciudad, ella había decidido quedarse en la casa de sus padres. Mis pensamientos me llevaron a pensar en que ellos podrían recogerme, pero tampoco quería molestar. Había quedado con mi novia que iría a casa temprano, puesto que nuestro perro estaría esperándome. No quería que ellos tuvieran que desviarse de su camino, por eso mismo, decidí que esa sería la última opción. Me dije a mi mismo que debía forzar las cosas. Había sido un descuido de mi parte no haber estado más pendiente de la hora, así que debía asumirlo. En ese momento traté de pensar en algo más que en la ansiedad que me provocaba el no tener certeza de cómo iba a llegar a casa. Esa sensación me pretendía dominar, pero luchando en contra de ella dije en voz alta: “Que pase lo que tenga que pasar”. Eso al parecer me tranquilizó un poco.
Inicialmente iba a quedarme hasta las 9 pm para estar un rato con mis compañeros. Saldría temprano para la casa con la idea de salir pronto de la ciudad. La idea era poder sacar a Orión (mi perro) a pasear lo más temprano que se pudiera. Pero había fallado en la revisión del tiempo, estaba disfrutando el momento y no fui consiente de nada hasta el final. No me sentía culpable porque estaba disfrutando del momento, que era la idea de haber ido a la fiesta. Al pensar en ello, entendí que debía respirar, aceptar y asumir la situación. Debía empezar a moverme.
Entonces me despedí de dos compañeros que estaban a mi lado. Les dije que debía irme, recordándoles que vivía fuera de la ciudad y tenía un largo camino por delante. Tomé una botella de agua y un paquete de papas que me habían regalado. Les dejé 2 cervezas y una botella de agua para que mis compañeros, que estaban bailando, las aprovecharan. Decidí irme, esperando encontrarme a alguien más para despedirme antes de salir del estadio, pero entre tanta gente, no reconocí a nadie, así que salí solo.
Cuando salí del estadio, miré la hora: 10:23 pm. Dije en voz alta mientras empezaba a caminar a gran velocidad. “Iré hasta la Avenida de las Américas, si tengo suerte, tomaré un bus intermunicipal, no importa si me deja en la glorieta rumbo al municipio de Madrid, y pues camino a partir de ahí”. Ya con la idea clara en la cabeza, inicié a correr para ingresar a la estación y tomar el primer bus que me llevaría.
Subí el puente. En el transcurso de mi carrera, vi las dos rutas de buses urbanos que me servían: pasar, detenerse en la estación, cerrar las puertas e irse sin mí. Incluso traté de alcanzar uno, pero mientras atravesaba el torniquete de la entrada, el urbano cerró sus puertas. Habían muchas personas a esa hora en la estación. Eso me confortó. Estar solo a esa hora podría llegar a ser escalofriante, aunque vi personas que me pusieron a dudar de mi seguridad. Con mucho cuidado de no alarmar a nadie, guardé mis cosas dentro de la chaqueta y me enfoqué en estar muy pendiente a cualquier situación que se me presentara. Un minuto después, esa decisión cobró valor.
Llegó un urbano que tenía un destino alejado de mi ruta, pero solo por tener presente todo a mi alrededor, le di un vistazo rápido a la tabla que ponía los horarios y las rutas de los buses, y entendí dos cosas. La primera, la ruta que me podría servir, y estaba esperando, a esa hora ya no estaba en circulación. La segunda, que el bus que acababa de llegar me dejaba en una estación que me servía para hacer un transbordo para lograr mi objetivo. Una mirada de 5 segundos me dio la información necesaria para apresurar los planes.
Solo hasta el último segundo decidí aceptar el nuevo plan. Medio segundo después, el conductor cerró las puertas y aceleró sin miramientos. Directo al sur de la ciudad. Respiré aliviado tratando de organizar nuevamente mis pensamientos de forma más coherente acerca de mi nueva decisión. Debía esperar la segunda parada para bajarme en una de las estaciones más largas del sistema de buses. Nos tomó menos de 5 minutos para llegar a la primera parada, donde la gente, en búsqueda de llegar, la mayoría a sus casas, inundó el interior del vehículo. Yo que estaba en la puerta, esperando tener la salida cerca puesto que me bajaría en la siguiente estación, fui espichado, estrujado, manoseado, cacheado y revisado por algún ladrón. Afortunadamente, solo debí esperar al menos un cuarto de hora para llegar a la estación del bus urbano donde debería bajarme.
Cuando sonó el chillido que anunciaba la apertura de la puerta, supe que había llegado a una parte crucial de mi viaje. La puerta se abrió déspotamente y salí disparado por la presión de los empujones de las personas que se encontraban en el interior del vehículo. Al tener espacio a mi alrededor, pude por fin respirar tranquilamente. Toqué por encima de mi pantalón y chaqueta si tenía a la mano todo, y como no vi nada fuera de lo normal, inicié mi camino. El frío, las personas con mala cara, los hombres que buscaban apoderarse de cosas ajenas, gente que corría de un lugar a otro y un túnel de casi 2 kilómetros de largo que me daba acceso a otra sección de la estación para tomar un nuevo urbano. Definitivamente estaba en la estación correcta. Llevaba años sin estar en ese lugar, pero no había cambiado mucho. La nostalgia me contagió, pero los buses yendo y viniendo me sacaron de ese letargo al que mis pensamientos me querían llevar.
Caminé a un buen ritmo. Fueron minutos intensos donde yo peleaba contra mi cuerpo que me pedía parar, pero hice todo lo posible por no detenerme. Tenía miedo por estar en aquella estación a tan altas horas de la noche, por eso intentaba continuar sin detenerme, buscando disipar los malos recuerdos sobre aquel lugar donde me encontraba. Era peligroso, y solo continuar mi camino, era la única manera de salir bien librado de aquella situación tan inquietante. Las miradas de algunas personas sobre los que caminábamos con el objetivo de salir de allí, buscaban la menor oportunidad para aprovecharse de cualquier persona que pasaba por aquel túnel. La sensación era muy tensa, y en mi mente estaba la idea de que si me detenía, podría perder más que el bus para mi casa.
Lo conseguí a pesar de aquellos pensamientos negativos que se me habían cruzado. Cuando llegué al vagón de la otra sección de la estación, miré mi reloj. No pude leer la hora, pues estaba sin aire, con los pies tambaleando, y sin ganas de seguir caminando. Mi mente estaba estresada y no distinguía los números. Fue entonces que tomé una mala decisión.
Debía esperar una ruta que me dejara en una estación en concreto. Estaba teniendo un ataque de asma en ese momento. Traté de estabilizarme con un inhalador que llevaba en el bolsillo. No sé si fueron 2 o 20 minutos los que estuve tranquilizando mi cuerpo mientras la ruta llegó, pero estaba agradecido que me pude subir, sentar en una silla disponible, sacar nuevamente el inhalador y usarlo. Todo fue confuso en ese momento, pero recuerdo que el bus dejó las puertas abiertas a pesar que no subía ningún pasajero. Por un momento pensé que era mi culpa y que estaban esperando que me regulara o que me bajara antes de continuar, pero un par de segundos después entendí que el conductor se quedó en esa situación esperando que más personas ingresaran. Por lo cual, hasta que 4 familias, que corriendo incluso con más ahínco que yo, no ingresaron al bus, entonces no se cerraron las puertas.
Ya más tranquilo, estabilizado y con una nueva victoria, disfruté el deslizante y autoritario recorrido del bus rojo. No duró mucho esa calma, pues unos cuantos jóvenes decidieron romper las reglas de tránsito y atravesarse en el camino. A pesar de que el bus iba por su carril exclusivo, estos caballeros decidieron meterse y ralentizar el ritmo que llevábamos. Su objetivo fue hacer que el bus bajara la velocidad, que tomara un par de semáforos en rojo, ellos saltarse las intersecciones y adelantarse a la siguiente estación, y con actos vandálicos, abrir las puertas y, con sus bicicletas, subirse a la plataforma de la estación para luego ingresar al bus nuestro, pues esa era la siguiente parada. Todos los pasajeros del bus fuimos testigos. Vimos como se atravesaron, como se adelantaron, como subieron a la estación y como se subieron al ultimo vagón del bus que abrió las puertas en la parada obligatoria de la ruta. El conductor del bus esperó que todos subieran, incluso con las bicicletas, y sin decir nada, cerró las puertas y continuó su camino.
Alcancé a escuchar como una mujer le decía al conductor: “¿Por qué no llama a la policía para que los bajen del bus?”. Entendía perfectamente el sentimiento de frustración de los que apoyaron la solicitud, habían cometido muchas faltas, y desafortunadamente el tiempo que perdimos gracias a esas acciones era considerable. El joven conductor respondió con algo de resignación pero con una visión que entendí después: “Porque prefiero llegar a mi casa y ver a mis hijos, que ponerme a pelear con unos chicos que no sabemos de donde vienen en bicicleta, ¿o quiere usted esperar a la policía con ellos?” Nadie le respondió al conductor, y para ser franco, 2 minutos después se me había olvidado la situación.
Entonces, mientras todos estaban bajando su euforia, enojo e inconformidad por el evento de los jóvenes en bicicleta, yo me enfoqué en otra situación. En un par de minutos, debería bajarme y esperar un bus intermunicipal para que me llevara a mi casa fuera de la ciudad. Mi idea inicialmente era bajarme en alguna de las dos estaciones de la Avenida de las Américas, que es el inicio de la ruta para los buses que salían de Bogotá, y tomar el que fuera para que me dejara cerca, aunque luego tocara caminar.
En mi cabeza había tomado la ruta que me dejaba en la segunda estación, por lo cual en la primera, miraría por la ventana esperando evaluar mis opciones. Generalmente los intermunicipales se hacían a un lado de la avenida esperando pasajeros, pero esta vez, al pasar por en frente de aquel lugar, todo estaba apagado. No habían carros, no habían personas, ni siquiera luz. Mi primer pensamiento fue: “No lo logré”. Y antes de siquiera empezar a pensar en otras opciones, vi un intermunicipal parado más adelante de donde generalmente esperan llenar sus puestos de pasajeros. Forcé mis ojos y leí en el tablero que decía “Funza”. No era mi pueblo, pero me dejaba cerca, podría tomar un taxi desde allá a mi casa, costoso, pero podría hacerlo.
Entonces me levanté de la silla y esperé a que el bus llegara a la siguiente parada, en la cual debería correr para salir de la estación, subir el puente peatonal, caminar un par de calles antes de entrar en el umbral de la ruta, dentro del alcance de la vista del conductor, y lograr subirme. Pero todo cambió. El bus no se detuvo y en vez de ello, aceleró debido a que iniciaba el ascenso por un puente vehicular. Estuve a punto de gritarle al conductor, pero no lo hice porque nadie se quejó, pues nadie estaba preparado para bajar en aquella estación. El error había sido mío, no había tomado la ruta correcta, era lógico, llevaba años sin tomar aquella ruta, pudo haber cambiado a lo largo de los años, además no había prestado atención a la pantalla donde se notificaban las paradas. El error había sido mío, y era momento de asumirlo.
Suspiré fuertemente y esperé a que mi mente dejara de juzgar mi decisión de tomar aquella ruta, y empezaron a salir de mi cabeza dos opciones, ambas válidas: La primera y más coherente, aquella ruta me podría dejar mucho más cerca de la casa de mis suegros, podría ir hasta el final de la ruta y tomar incluso las rutas alimentadoras que se metían entre barrios y llegaría a la casa de ellos sin requerir ayuda de mi novia quien en un par de horas atravesaría la ciudad con el propósito de quedarse en la casa de sus padres, precisamente porque de antemano sabía que no alcanzaría a tomar intermunicipal. La segunda opción, mucho más arriesgada, bajarme a 3 estaciones de distancia, tomar un nuevo urbano que hiciera la ruta contraria y bajarme en la parada que acababa de pasar, pero eso implicaba correr y esperar a que el bus no hubiera girado ya hacia la Calle 13, y me dejara a merced de mis errores y culpas por no haber tomado una buena decisión.
Suspiré nuevamente. Tenía miedo y quise darme por vencido, pero recordé que antes de salir, aun cuando no me había entendido nada, le había prometido a mi perro Orión, que aquella noche estaría en la casa y lo sacaría al parque para que corriera un rato; además no quería madrugar en la mañana para volver a mi casa para llegar a conectarme a mi trabajo (de forma virtual). Debía ser fuerte y cumplir con mi promesa, así que haría todo lo posible para seguir con el plan original, e intentaría todo lo que estuviese a mi alcance para lograr llegar aquella noche a mi casa. Si fallaba, entonces decidiría que hacer, en ese momento solo le permití a mi mente lograr llegar de vuelta a la estación, correr y tomar el intermunicipal que había visto. Miré el reloj, esta vez pude leer y entender los números: 11:03 pm.
Las conversaciones en el bus eran miles de murmullos. Mis pensamientos no conectaban nada, y mi mirada instintivamente iba a la parte de atrás donde los jóvenes de las bicicletas reían y hacían chistes, algunos sentados en las sillas del bus, en las bicicletas que estaban atravesadas en el pasillo y algunos también de pie. El corazón se me aceleró y llegó a mí la idea de “¿y si me ven, se bajan en la misma parada que yo, y me roban?”. Le pedí con fuerza a mi mente que dejara de pensar en cosas que no estaban pasando en aquel momento, que se enfocara en el presente, que entendiera que lo que estaba por suceder era más difícil que más de 10 sujetos en bicicleta se bajaran del bus solo para robarme.
Y llegamos a la estación. Pasé saliva pensando que debía correr por los sujetos. El pitido de la puerta sonó al frenar el bus, y se abrieron. Bajé. Di dos pasos. Pasó un segundo. Respiré y miré a la puerta donde pretendí ver a los sujetos bajarse en sus bicicletas, y antes de iniciar a correr, pasó un segundo más. Sonó nuevamente el pitido que anunciaba el cierre y luego el choque de plástico de las puertas. Un silencio, un segundo más, y finalmente estaba solo en la estación. Nadie más había bajado. Tenía, como se dice en el barrio: “las pelotas en la garganta”. Me costó un par de segundos más para tranquilizarme y volver a enfocarme: Ahora debía esperar otro bus que me llevase de regreso a 2 estaciones atrás, y rogar que los tiempos se me dieran.
El frío era insoportable. La estación estaba vacía. Los policías que deberían estar en la entrada junto a los torniquetes, ya no estaban. Los letreros de aquella estación no funcionaban y para ver si algún bus venía, hacía caso omiso a las reglas de seguridad y el sentido común, sacando la cabeza hacia la calle por donde se mueven los buses del sistema. La calle estaba desolada. Miré el reloj, eran las 11:08pm. Entonces inicié los cálculos de tiempo y estaciones: “De aquí al portal (donde iniciaba y acababa la ruta), hay 6 estaciones. Si el último bus que recorre todas las estaciones salió a las 11pm y los trayectos entre estaciones son en promedio casi 5 minutos. Si recogen pocos o ningún pasajero, por la hora, entonces que se detengan o no, no aporta mucho tiempo. Solo hay un par de semáforos que podrían detener al bus, así que podrían quedar 1 o 2 rutas en circulación. “, mis pensamientos eran tan enclenques y débiles, también tiritaban al ritmo de mi cuerpo.
No sé si fueron 10 minutos o 3, pero al lo lejos vi un bus venir endemoniado. El letrero decía “Último Servicio”, y entendí que era mi última oportunidad para regresar a casa, pasé saliva y esperé un par de pasos atrás de la puerta, cuando se me ocurrió algo. ¿Y si no para? Suspiré fuertemente, y traté de salirme un poco de la plataforma, e hice señas hacia el bus, esperando que el conductor me viera, y entendiera que debía parar. Entonces esperé un poco alejado de la puerta por 3 eternos segundos, con dos pensamientos en mi cabeza. El primero: El conductor no me vio y va a seguir derecho, no va a parar en esta estación. El segundo: El intermunicipal que estaba parado, ya no estaría. A mi espalda llegó un bus, donde me había bajado hace algunos minutos. Se detuvo y abrió las puertas; este bus llevaba la ruta hasta la casa de mis suegros, donde podría ir a dormir, podría esperar a mi novia que debía de estar feliz después de una noche de cine. Perfectamente pude dar media vuelta y correr a tomar el bus que me llevaba a un destino seguro, sin más preocupaciones. Mi perro, mi orgullo, mi dinero, todo me valió nada comparado con aquella situación que no sabía manejar.
No pude contar aquellos segundos, pero soy consiente de que casi me rindo.
Cuando el bus frente a mí, con un par de personas a bordo, se detuvo, se despejaron mis dudas. Debía intentarlo, no podía rendirme después de haber pasado por tantas situaciones de incertidumbre y ansiedad. Estaba pensando en negativo, estaba asumiendo cosas. No era mi momento de rendirme. Sí, las cosas no habían salido como yo pensaba, pero no podía dejar de pensar que me iba a rendir. Así que sin mirar al bus de la salida fácil, caminé al ultimo servicio de la ruta rápida, y me subí. Aunque suena muy melodramático, era una lucha que debía de ganar. Siempre “nos damos” por vencidos antes de haber perdido. En aquel momento se me olvidó el resto de opciones, mi único objetivo fue tomar aquel bus intermunicipal y aquella noche llegar a darle comida a mi perro, sacarlo al parque y dormir junto a él.
Me subí en menos de un segundo y tomé la primera silla que encontré disponible. Solo habían un par de sillas ocupadas, desde una de ellas salió un “buenas noches”, que respondí con serenidad. Ese saludo, me bajó la sangre de la cabeza. Estaba estresado, molesto, con frío y, aunque no sabía por qué, con mucha energía. Al sentarme, miré por la ventana. Los carros y motos se movían más rápido que nosotros, pero los edificios y casas se quedaban atrás. Era buena señal, estábamos avanzando, aunque en mi caso, retrocedí a la estación en la que no pude bajarme.
Avanzamos un par de kilómetros y nos detuvimos en una estación. Conté hasta 8 mientras se detuvo el bus, abrió las puertas, un par de personas subieron apuradas, con la misma cara de terror que yo había tenido hace un par de minutos, un pitido seguido de un golpe contundente de las puertas al cerrarse, y finalmente, un empujón de fuerza mecánica que hizo que empezáramos a avanzar. Poco a poco iniciamos el ascenso al puente vehicular que nos daba acceso a la estación.
Mientras el bus avanzaba a más de 50 kilómetros por hora, yo me levanté y empecé a caminar hacia el vagón de la parte de atrás del bus. No había nadie allí. La idea era ganar algunos segundos, y en ese sentido estaba la salida, era mejor usar la última puerta para no perder tiempo. El bus se sacudió frenéticamente antes de detenerse en la puerta correspondiente a la estación y yo inicié una nueva carrera, mientras sonaba la señal de apertura. Ya estaba corriendo hacia la salida, antes de que las puertas se hubiesen abierto completamente.
En medio de la noche, con frío, con pensamientos encontrados pero enfocado, con algo de hambre y, definitivamente, con ganas de llegar a mi casa, corrí como loco. Corrí 12 metros desde la puerta, hasta los torniquetes de salida, frené un poco para pasarlos a la primera sin bloquearlos. Tomé airé e inicié a correr, fueron casi 100 metros en una rampa entre la entrada de la estación y la cima del puente peatonal. Giré a mi derecha y seguí corriendo. En recta eran casi 20 metros antes de un giro a la izquierda que daba a una rampa descendente que al final tenía unos escalones que me llevaban nuevamente al suelo, entonces estaría a una avenida de lograr el objetivo mínimo, pero cuando iba llegando a la mitad de aquel sprint, cuatro personas, que iban subiendo se atravesaron en mi camino. Las dos chicas que venían no me vieron y casi las choco. Alcancé a detenerme en seco, hacer un amague, como si fuera un futbolista frente al arquero antes de patear, y las sobrepasé. Las otras dos personas solo se burlaron de las que se habían atravesado. No escuché nada más que risas burlonas mientras bajaba la rampa. Aceleré un poco, pero no me duró mucho, pues habían unas escaleras al final de la rampa. Estuve tentado a saltar los 7 escalones que habían, pero preferí detenerme y saltar un par de veces para amortiguar el frenado en brusco.
Bajé rápidamente por los escalones, los miraba con mucha diligencia, pues no quería caerme. Cuando toqué el suelo, me cambió nuevamente el enfoque. Sabía que debía correr 5 metros más, atravesar 2 calles, esperando que no estuviesen pasando vehículos y luego correr unos 20 metros más, para llegar a mi objetivo mínimo (el umbral de la ruta), y con eso en mente, vi como un hombre me cortó el avance mientras me pedía un par de monedas. Lo único que pude decirle fue: “Lo siento, ando ocupado”. En verdad estaba ocupado. Mi tarea era correr. No recuerdo si hubo o no carros en la calle, solo sé que pasé velozmente y en vez de correr 20 metros, decidí correr casi 50 metros antes de detenerme.
Cuando levanté mi rostro, después de tomar aire, hice un cálculo mental. Estaba casi a 800 metros de donde había visto al bus intermunicipal parado, miré el reloj y confirmé 11:12 pm. Habían pasado más de 15 minutos desde que lo había visto. Algo me decía que era posible que no estuviera esperándome.
Comencé a caminar en contra de la corriente automovilística esperando estrellarme de frente con el bus, y en vez de ser un bus, me enfrenté con una bicicleta. Un hombre se bajó de la bicicleta y me gritó en tono burlesco: “¿Entonces qué?”. Yo quedé helado en mi lugar, estaba un poco desconcertado, asustado y en mi mente llegó un pensamiento: “¿Tanto corrí para que vinieran a robarme aquí?”.
Me sorprendí mucho. Mi pobre corazón, acababa de tener una dura labor por mi carrera de la estación a la calle, pero ahora un sujeto en bicicleta no lo dejó descansar y lo puso a mil. Suspiré, pensando que ahora debía empezar a correr. No había gente al rededor, por lo que debería huir antes que aquel hombre se pusiera alerta. Me alejé un poco. Durante un segundo eterno me detalló de arriba a abajo. Yo traté de hacerlo mismo con él, pero no lo reconocí. Estaba recuperando mi energía y con ganas de salir a correr, pero el se adelantó, y con voz nerviosa se disculpó: “Que pena, lo confundí con otra persona”. Le dediqué una risa tímida. Dándose cuenta que me había asustado, se disculpó, y riéndose, volviendo a subirse a su bicicleta, inició su viaje. Pasó por mi lado con una risa de alivio, y se marchó. Yo aún con el corazón a mil, lo seguí con la mirada hasta que se perdió en la oscuridad de la ciudad.
No había tiempo para entender nada. Di media vuelta e inicié mi caminata hacia el punto donde había visto el bus. Caminé junto a una plaza, unas tiendas de zapatos y bolsos. Todo estaba cerrado. Pasé una calle y en un pequeño puesto de venta de cigarrillos y tintos, un montón de personas hacían burlas y reían estrepitosamente. Vi como algunos llevaban cervezas en la mano. Tuve envidia de ellos, sin preocupaciones a estas horas de la noche. Seguí caminando y pasé por debajo de un puente peatonal. Bajaban bicicletas y carros, pero no veía el bus en ninguna parte. La noche y el astigmatismo no me dejaban ver más allá de las luces de los carros que corrían como locos para llegar a casa.
Entre tantas luces y destellos por fin la reconocí, era la ruta que estaba esperando. Esta vez mi corazón estuvo retumbando de felicidad y, sobre todo, de alivio. Estiré el brazo para pedir que se detuviera y el bus se orilló al andén. Se detuvo. Me subí rápidamente, ya con un suspiro de victoria. Sí, me hacía falta más de una hora para llegar a mi casa, pero la parte más difícil, la había superado.
Al subirme, me di cuenta que quedaba un asiento libre así que lo tomé. Miré a mis vecinos de puesto y se notaba que eran hombres y mujeres que salían de trabajar y por sus rostros, se les notaba cansados. Algunos ya dormían. Mi corazón que había latido con tanta fuerza, poco a poco bajaba el ritmo. Un señor a mi lado con voz baja, para no despertar a nadie me dijo: “Apuesto a que corrió. Pues está de suerte. Generalmente esta ruta es la última que sale a las 11:00pm, pero hoy al hombre (refiriéndose al conductor), se le dio por esperar a que se llenara el bus”. Moví la cabeza en señal de comprender la situación. “Menos mal, pensé que no lo alcanzaba”. El hombre me sonrió, y volvió su vista a la ventana a ver los carros que pasaban junto a nosotros. El bus inició su camino a una velocidad mucho más baja del límite de velocidad en la ciudad. No tenía que recriminar la rapidez del bus, pues gracias a ella, había logrado tomar la ruta.
Miré el reloj: 11:17pm. Saqué mi celular y vi 2 llamadas perdidas de mi novia, y un mensaje de ella que decía: “¿Cómo va? ¿Dónde está? Deme señales de vida”. La demora fue leer el mensaje y me llamó. Le conté que estaba en el bus, que iba para la casa. Ella me contó que no hace mucho se había encontrado con su papá y que ya iban a la casa. Hablamos un par de minutos y finalmente de preguntó. “¿Y al final, cuál ruta tomó?”, fue entonces que me di cuenta que la ruta iba a ser más larga de lo que me había imaginado. La ruta me daría un paseo por el pueblo vecino.
Lentamente el bus avanzó por la calle 13: la ruta para salir de la ciudad. No iba muy rápido, y como yo, algunas personas subieron al bus con el corazón en la boca. Se notaba que más de uno había corrido para alcanzar el último bus. Los carros y las motos nos sobrepasaban, las luces se veían yendo y viniendo. Era una sensación de tranquilidad después de la angustia. Muchas personas subieron al bus y al salir de la ciudad, otras más bajaron. Pasamos el peaje, y a partir de ese momento fue mucho más encantador el viaje pues la velocidad incrementó. Las luces y los carros pasaban a nuestro lado dándome una sensación de tranquilidad después de una noche llena de momentos intensos.
En la mitad de la carretera el bus giró hacia una vía doble. Poco a poco se internó en un barrio lleno de casas e hizo un montón de giros en medio de las luces de los postes que alumbraban pobremente la calle. Yo, prestando mucha atención a cada movimiento del bus, trataba de calmarme, pues estaba algo estresado por desconocer la ruta. Durante más de 40 minutos vi cada palmo del trayecto hasta que finalmente empezamos a pasar por un sector que ya era reconocible para mí. Fue entonces, cuando me relajé un poco.
Las personas poco a poco se iban bajando del bus, y yo me acercaba a mi destino. Era una parada en el centro comercial del pueblo. Vi la hora: 12:15am. Me anticipé y pedí un carro que me llevara a la casa, por lo cual, cuando me bajé del bus, me subí casi de inmediato a mi nuevo, y ultimo, transporte. El hombre que me recogió llevaba la música del radio con el volumen muy alto. Cuando me subí al vehículo, le bajó lo suficiente como para estar en una discoteca en la “hora loca”. No me disgustó, así que lo permití. Atravesamos lentamente el pueblo. El parque central, que estaba decorado con luces navideñas, estaba lleno de personas, que aun a esa hora, salían de vuelta a sus hogares después de ver los adornos en la plaza. No había muchos vehículos, por lo que 5 minutos después, llegué por fin a mi apartamento.
Como zombi entré por el lobby, me arrastré por entre los pasillos hasta llegar a mi torre, tomé el ascensor y subí al sexto piso. Al salir, saqué las llaves del bolsillo y abrí lentamente la puerta del apartamento. Entonces vi a mi perro, en medio de la oscuridad siendo una simple sombra mientras buscaba a tientas con la mano el interruptor para encender la luz. Orión se me tiró encima, me lamió la cara, me rodeó buscando olfatearme por todos lados. Estaba contento. Le dije que iba buscar las bolsitas, ir al baño y luego saldríamos. Entré a la habitación principal y vi el reloj de la mesita de noche. Era tarde. Tomé una foto con mi celular en el que el reloj marcó las 12:34:56 am y se la envié a mi novia como prueba de que había llegado vivo. “Voy a sacar a Orión al parque. Ya hablamos”, le escribí. Salí de la habitación, le puse el arnés al perro y nos fuimos a dar una tranquila vuelta en el parque mientras le contaba la emocionante aventura que había tenido para llegar, a pesar de la hora. Él me miró con un gesto de sonrisa, y yo entendí con su mirada que decía: “Dale, estoy feliz de escucharte, después de todo, cumpliste tu promesa de llegar”.
