Adiós Romeo
Julieta había estado enamorada de Anthony durante muchos años. Habían sido amigos desde el jardín de niños, estudiaron un par de años juntos y cuando Anthony decidió ir a una escuela militar en otro país, ella fue paciente y lo esperó. Se fue como un niño delgado y con el que amaba hablar, y volvió como un semental, grande, fuerte, con actitud de guerrero, sin miedo a nada. Desde entonces, siempre estuvieron juntos, pues eran los mejores amigos. En la universidad, en fiestas, todos los eventos deportivos e incluso los conciertos. Siempre estaban los dos, y eso hacía pensar a la gente. Más de una vez sus padres le preguntaban a ella si el joven había avanzado en la relación, a lo cual siempre la respuesta era la misma: “No, Anthony y yo solo somos amigos, no ha pasado nada y dudo mucho que mucho vaya a pasar”. Era insípida esa respuesta, pues en ningún momento se había dado la chispa entre ambos para ver una relación amorosa, y a más de uno se encogía el corazón al ver a los dos jóvenes, llenos de vida, no disfrutando del amor que sentían entre ellos, pues al parecer, ellos eran los único que no se enteraban de los sentimientos del otro.
Había sido el destino de que ambos se conocieran, los padres de Julieta vivían en el pueblo y estaban a punto de irse por problemas económicos, y la familia de Anthony, por su parte, llegó a ese lugar en busca de oportunidades. Un día en el camino al jardín de niños, los dos padres se conocieron y entablaron una amistad que se volvió un gran negocio hasta que el padre de Anthony falleció. Ambas familias, después de muchos años se volvieron casi la misma. La unión de ambos jóvenes siempre hizo pensar que terminarían casados, formalizando la familia que ya de por sí eran. Muchas veces se murmuraba en las reuniones familiares que la suerte había influenciado a las familias a conocerse, y que ambos jóvenes estaban destinados a estar juntos.
A parte del tiempo juntos, de sus actividades y gustos similares, tenían una sincronía que incluso ellos amaban y odiaban a la vez. Pensaban en muchas ocasiones lo mismo, al mismo tiempo y sin ningún tipo de relación, entendían los gestos del otro y leían muy bien las situaciones; entendían cuando el otro estaba triste, pensativo, alegre, y la empatía entre ambos llegaba a ser molesta, pues en ningún momento se les vio tomar ventaja sobre el otro. Eran tan honestos y tan reales como amigos, que no podían ver como sus miradas decían a gritos que se amaban entre ellos. A él se le notaba más, pues le brillaban los ojitos cuando la veía, y ella, al parecer, era consiente.
Un día estaban lavando el auto de Anthony, había una pequeña reunión frente a la casa. Varios amigos estaban ahí tomando cerveza, comiendo pizza y escuchando música. Era algo muy típico de los sábados en la mañana antes de ir a la fiesta en la playa. Como si fuera el destino, un auto pasó muy cerca de la acera y casi golpea a una chica que pasaba por el frente del lugar. Se había entretenido viendo la fiesta que habían armado los chicos, y fue muy afortunada que Anthony fue más rápido que nadie y la haló de un brazo para apartarla del camino de aquel auto. Ella quedó en shock, y solo pudo abrazar a Anthony, mientras lloró del miedo que le había producido casi ser atropellada. “No llores, todo está bien”, le dijo él mientras le limpió las lagrimas con su camiseta, “Tus lindos ojos, combinan con tu vestido azul, pero las lagrimas no te quedan bien”. Todo el mundo se quedó con el tema del auto, estaban asustados, enojados, eufóricos con el conductor que después del hecho bajó a ver si la chica había sido lastimada. Pero Julieta de ese día solo recordaría como Anthony abrazó y limpió las lagrimas de una chica extraña.
Un par de semanas después Anthony les presentó a todos sus amigos a Lily. Todos coincidieron en que era hermosa, e incluso la misma Julieta, a quien poco a poco dejaba de lado, lo aceptaba, pues no podía mentir sobre lo bella que era la nueva chica. De un momento a otro él comenzó a cambiar su estilo de vida, y ahora ya no le importaba leer, escribir, tocar guitarra, cosas que hacía con su amiga, y en cambio descubrió que le gustaban deportes diferentes, que era aburrido estudiar para la universidad, que el alcohol era un mejor amigo que la guitarra, y que valía la pena escapar de casa para estar con su nueva amiga. Poco a poco ambos amigos se alejaron del otro. Ella, esperando ser escuchada; Él, enamorándose.
Llegó un punto en el que ella durante semanas no veía a su amigo, mientras por cometarios de la gente se enteraba de que eran inseparables esos dos. Una noche mientras Julieta dormía, Anthony entró por la ventana a su cuarto como lo hacía en la adolescencia, y con algunas cervezas encima le contó que se había enamorado, que la había besado, y que le pediría que fueran novios. Ella, como su mejor amiga, escuchó la historia de cómo se enamoraba de otra mujer. Cada palabra le rompía el corazón, pero ya era muy tarde para ella. Fingir que era feliz porque su amigo era feliz, fue lo único que logró hacer.
La noticia fue la peor experiencia para Julieta. Le había dolió, y en las sombras lloró hasta que su cuerpo le pasó factura. Solo hasta ese momento entendió, y finalmente pudo aceptar, que amaba a su mejor amigo y que lo estaba perdiendo contra una chica que ni siquiera lo conocía realmente. Él estaba yéndose a los brazos de una mujer que no le prometió estar juntos toda la vida.
Durante meses ella buscó hablar con él, tratar de decirle lo que ella sentía, pero jamás pudo expresar claramente sus sentimientos, intentaba hacerle recordar todas las cosas que habían vivido juntos, todos los sueños que habían planeado. “¿Acaso no podemos hacer esas cosas con Lily? Tu y yo seguimos siendo amigos, y Lily es mi novia, los tres podemos hacer esos viajes, vivir esas experiencias, conocer esos lugares que tanto queremos conocer”. Anthony no sabía que las dos chicas se odiaban por su causa. Pero por más que Julieta buscó algo raro en su contrincante, jamás pudo hallar un defecto, pues era finalmente la novia perfecta, la amiga perfecta, la hija perfecta, no tenía intenciones raras, aparentemente. Nada malo, y eso le producía asco, pues los seres humanos, según ella misma, no son perfectos.
Finalmente la lucha acabó. Varios amigos fueron invitados a un bar, Anthony les hizo la invitación, y frente a Julieta, su amigo le propuso matrimonio a su novia, quien aceptó casi de inmediato con lágrimas en los ojos. Nadie celebró, pues todos, exceptuando el novio, vieron como se rompía el corazón a su mejor amiga. Ella para evitar el momento incómodo, tomó un trago de alcohol fuerte y aplaudió, los felicito: “Muchas felicidades, me alegro por ustedes, les deseo lo mejor desde el fondo de mi corazón”, y tratando de que nadie viera como estaba de destrozada por dentro, sonrió para ocultar las lagrimas que salieron de sus ojos.
Ambas se odiaban pero fingían no hacerlo, y Lily siempre tuvo la ventaja, pues pudo convencer que Julieta fue la dama de honor del matrimonio (ella aceptó porque su amigo le insistió demasiado), y el día de la ceremonia, mientras ella respondía a la pregunta “¿Aceptas a este hombre como tu legitimo esposo?”, esta miró a su dama de honor. La mirada fue un segundo, pero fue como un cuchillo que le decía a Julieta. “Ahora es mío”.
El matrimonio hizo que ambos amigos se alejaran, y cuando se encontraba en alguna reunión, Lily siempre estuvo presente, dando muestras de ser coqueta, amorosa, la mejor esposa. Julieta jamás podría recuperar a su amado Anthony, la persona a la que más amaba, y a la que nunca podría decirle lo que sentía, pues era muy claro que él jamás dejaría a una gran mujer como lo era su esposa, por una mujer a la que amó pero que jamás le demostró ese tipo de sentimientos.
Julieta lloraba eternamente tratando de pensar que todo lo que pasaba era una pesadilla, que al despertar podría encontrar a su querido amigo y que definitivamente le iba a confesar que lo amaba más que a nada en el mundo. Pero los pensamientos de añoranza solo la lastimaban más, pues eran golpes de pecho que dolían incluso más que el no tenerlo a su lado.
Lo había amado como nadie, desde antes, antes de que ella llegara a robárselo. Eso no debió haber terminado así.
Un día ella fue invitada a la casa matrimonial, en un almuerzo con amigos y familiares dieron dos noticias que sacudieron el mundo de Julieta. La primera era lógica, después de casi un año de casados, iban a ser padres. La segunda por otro lado, era que se irían del país, a buscar otros rumbos, una mejor vida para la familia. Todos en la reunión rompieron en llanto, en alegría, en tristeza, en nostalgia. Un huracán de emociones, pero todos a final entendieron que era una decisión para el crecimiento de la pareja. El mundo de Julieta se rompió definitivamente.
Al finalizar la tarde, ella fue la última en marcharse. La pareja la despidió en la puerta de la casa y la vieron alejarse lentamente, y algunos pasos adelante, Anthony la alcanzó y le tocó el hombro para que lo viera a los ojos. Frente a frente él le confesó lo agradecido que estaba con ella, lo feliz que la había pasado cuando eran niños, adolescentes. Mientras le hablaba, ella vio que sus ojos ya no brillaban mientras a veían a ella. “A tu lado fue especial, gracias por la amistad”. Julieta negó con la cabeza, no quería escuchar esas palabras tan crueles. “No te preocupes, seguiremos siendo amigos” Ella seguía negando con la cabeza. “Yo te amo”, dijo bajando la cabeza, pero él con la mano levantó su rostro: “Lo siento, pero eso no puede ser. Nunca pudo haber sido”.
Ella lloró, se dejó caer. Empezó a gritar que lo amaba, que ella no lo merecía, que no lo conocía. Él se agachó, le limpió las lagrimas con su camisa y la abrazó. “Lo sé, eres una gran mujer. Una princesa, pero ya elegí. Elegí a mi Cenicienta en vez de a Julieta. Lo siento, no soy tu Romeo”.
La soltó, se levantó, dio media vuelta y jamás volvió a verla.