Nada que contar

Una noche estaba escribiendo un cuento, quería que fuera corto y aunque la intención era usar pocas palabras, lo que salía de mí era una avalancha de letras que formaban ideas que no eran idóneas a la temática que tenía en mente.

Durante al menos 2 horas escribía y desechaba mi obra. Era raro, nada me gustaba, o más bien, nada era lo suficientemente convincente para quedarse en el cuento. Creo que pude tener al menos 19 cuentos diferentes entre tanta palabra vacía, pero al final mi memoria suprimió cada temática y sepultó lo que pudieron ser historias, incluso mejor de la que buscaba trazo a trazo del lapicero.

Llegó un punto en el que me detuve, no por la desesperación de no poder continuar, la cual era obvio que recorría mi cuerpo, sino por el dolor en la muñeca. Había estado moldeando historias que no venían al caso, y el cansancio de mi mano fue como una parada técnica. No quería detenerme, pero era claro que, si no lo hacía, de igual manera no continuaría.

Me levanté de la mesa y vi aquel sitio: un escritorio barnizado de madera. Era al menos de 2 metros de largo, y de ancho lo suficiente para estirar mis pies y no tocar la pared en la que se apoyaba. La silla, una oficinista vieja. Un brazo lateral descosido, y con una mancha de chocolate en donde se podría malinterpretar que no había alcanzado a llegar al baño.

Sobre la mesa había un cuaderno de hojas rayadas. Pensé un momento en los nuevos cuadernos, a los cuales ya no les importaba si eran rayados, cuadriculados o ferrocarriles, pues lo importante era que tuvieran en su portada la foto de algún famoso de turno, que trajeran pegatinas de colores y si eran cuadernos mucho más refinados, entonces deberían traer olores a frutas artificiales. Lo importante ya no era si traían las tablas de multiplicar, sino que fueran imponentes y a la moda. Al final los niños, los dueños de la mayoría de dichos cuadernos, escribirían poco y los leerían mucho menos.

Junto al cuaderno se hallaba un vaso lleno de colores, unos hermosos lápices que me había regalado mi esposa cuando éramos novios. Jamás me habían gustado esos condenados, no porque fueran malos, sino porque fueron un obsequio de cumpleaños. Hace al menos 2 años que no los usaba porque había perdido la caja y los tuve que transferir a un lugar diferente a su hogar de cartón. Esa era la razón por la que los tenía conmigo aún; ¡Ah bueno!, y también porque si me deshiciera de ellos, mi mujer jamás me daría el gusto de olvidarlos.

Al lado de los útiles de escritura, estaba un portátil que desde joven le dije a mi mamá que usé para estudiar, pero que nunca pude abandonar porque allí era donde escribía mis cuentos a limpio, y donde tenía mi gran tesoro pornográfico de adolescente. Había iniciado mi colección a los 13 con un video que me enviaron por correo, luego fui recorriendo un camino de excéntrico admirador a la industria de cine para adultos. Sonreí al recordar cuando acompañé a mi amigo Jaime Soto de Balladares a filmar su primera película porno. Él había estudiado para eso. Le ayudé con las luces y a guardar sus archivos. Aun espero que hagamos esa edición. Ojalá no hubiera sido demandado por acoso laboral.

Estiré los brazos, moví mi cuello y doblé mi cuerpo para quitarme la pereza de encima. Miré el resto de la habitación. Inicialmente era una habitación para nuestro segundo hijo. Un niño quería mi esposa, por lo cual la habíamos pintado de azul celeste, a diferencia de la habitación de al lado que era amarilla, la cual servía de habitación a Lina, la pequeña de la casa. Los colores del closet, las paredes, el techo y el piso de este improvisado estudio eran pálidos, pero aun así daban una tranquilidad asombrosa frente a la accidentada mesa que estaba empotrado junto a la pared. La verdad el escritorio no tenía nada de calma con respecto a su entorno. Mi esposa siempre se quejó de mis gustos particulares a las cosas viejas, y desde hacía poco, venía pensando que deberíamos cambiar aquel espacio para poner algo más acorde. Una cuna para nuestro siguiente hijo no podría ser, desafortunadamente.

El recuerdo de aquella tarde de abril donde fueron golpeadas nuestras vidas por un pobre indigente, me debilitó y me tiré de lleno al sofá cama que tenía como complemento dicha habitación. Solo pude caer de frente para que el golpe no me permitiera llorar. Lo conseguí de forma absurda, ya que el olor de la cojinería blanca me trasladó a una lavandería en una ciudad selvática. El aroma de la tapicería era fresco, era fuerte y tenía el poder de recordar cada momento que habíamos pasado en aquel paseo que limpiaría nuestras vidas. Echado ahí, cerré los ojos y volví a ese parque con miles de loritos cantando al atardecer.

Pasé saliva y entendí que debía ir a la cocina a buscar una nueva aventura en aquel apartamento. ¿Será hambre? pensé, pero no era eso. Nuevamente pasé saliva y recordé el sabor del té que habíamos traído el mes pasado de aquella experiencia desértica. Sí, era eso lo que quería en ese momento, así que me levanté y caminé hacia la puerta, la cual estaba abierta. No atravesé el umbral, solo tomé la perilla de la puerta, como si desde un principio mi intención hubiera sido cerrar la puerta antes de salir. Pero en vez de ello vi el piso, frente a mi estaba aquella alfombra que mi suegra nos había regalado cuando nos mudamos a aquel departamento. Ella misma compró la tela y los miles de accesorios para generar un hermoso juego de tapetes que decoraban majestuosamente todas las habitaciones. Una lágrima bajó por mi rostro.

Recordé en ese momento el primer día en el apartamento. Le habíamos dicho a ella, a mi suegra, que nos hiciera unas cortinas. La verdad no tenía idea de cuánto podrían costar, y un día antes de mudarnos llegamos a que conocieran el lugar. Y cuando de la bolsa negra no salen metros de cortinas, sino muchas alfombras… Casi la ahorco, puesto que en un par de días estaba programado el entapetado de todas las habitaciones. Recordé como me mordí el puño para no decirle nada, y el cómo me tocó casi irme a los golpes con el empleado de la empresa de las alfombras árabes.

Respiré profundo y me di cuenta, casi 6 años después que nos tomó al menos 3 semanas poner cortinas. Y muchas veces durante ese tiempo, salimos del baño sin toalla, e hicimos el amor frente al baño. Jamás nos preguntamos si algún vecino nos pudo ver. Aunque aliviado recordé que estábamos en un sexto piso. Luego miré hacia la ventana y me di cuenta que de la torre de al lado pudo vernos alguien.

Sacudí mi cabeza y volví a ver el escritorio. Entendí que había dejado de escribir sin darme cuenta. Mi muñeca ya no me dolía. Pero no retomaría mi trabajo en vez de ello iría a la cama, después del té.

— Igual, — dije apagando la luz y saliendo de la habitación — hoy no tengo nada que contar.