Llanto en concierto

Anoche desperté de golpe, porque soñé con el día en el que más he llorado, y dolió. Había llorado muchas veces: por caídas, por raspones, por algún regaño de mi mamá, por algún dolor, por miedo e incluso por cosas que ya no recuerdo, pero aquella noche recuerdo haber llorado realmente por primera vez por amor.

Tenía 12 años y “ellos” habían venido a Colombia. Los siete acababan de reunirse después de mucho tiempo, después de haber prestado el servicio militar obligatorio, y Bogotá era una parada de aquella impresionante gira en Latinoamérica. Durante años habían vivido dentro de una pantalla, en los audífonos que llevaba al colegio y en canciones que me sabía de memoria sin entender una sola palabra. Cantaba perfecto en un idioma que no conocía y, la verdad, nunca intenté siquiera aprender coreano. Podía cantar canciones enteras sin saber el significado, pero entendiendo, a base de tantas repeticiones, cómo debía respirar, cuándo alargar las vocales, cuándo entraba la voz de cada integrante. A los 12 años estaba muy orgullosa de eso. El gusto me lo había heredado una prima que en ese momento ya vivía en España. Era la única persona real con la que tenía una conexión, a pesar de que nos separaba un océano y varias horas. Aquellos siete hombres eran una especie de lugar donde podíamos encontrarnos. Luego encontré más personas, muchas, pues internet estaba lleno de ellas: mujeres, chicas, niñas mayores que yo que nunca me hicieron sentir demasiado pequeña por tener solo 12 años. Yo preguntaba de todo, participaba en cuanto podía, esperaba fotografías, transmisiones y anuncios. Mis amigas del colegio no entendían demasiado mi fascinación, pero tampoco me importaba, pues aquel grupo era mi mundo, mi pequeño gran mundo.

Y un día ese mundo llegó a Bogotá, a mi ciudad, y creo que a partir de ahí empezó un grave problema, pues hasta entonces nunca había considerado seriamente la posibilidad de verlos en vivo. Era como querer tocar la luna: una puede quererla precisamente porque sabe que no tiene que preguntarse cuánto cuesta llegar hasta allá, pero ahora estaban aquí, lo más cerca que habían estado nunca de mí. Darían dos conciertos en octubre: un viernes y un sábado.

Había niñas que consiguieron sus entradas independientemente del precio, de los revendedores, del éxito en taquilla que fueron. Muchas de ellas tenían problemas minúsculos, pues ya solo se enfocaban en discutir qué ropa ponerse aquel día, a qué hora iban a llegar, cómo se iban a reunir y qué canciones esperaban escuchar, y yo, en cambio, ni me hacía ilusión por estar allí.

Nunca les pedí a mis papás que me compraran la entrada, pues en mi casa se hacían malabares para llegar a fin de mes. Había temporadas en las que en el colegio veía a mis compañeras comiendo mientras yo simplemente decía que no tenía hambre, porque realmente no podíamos permitirnos gastar dinero descontroladamente.

Desde pequeña aprendí a entender la situación, a leer las señales. Sabía cuándo no debía pedir, y una entrada para ver a siete hombres cantar pertenecía a esa clase de cosas que ni siquiera se preguntaban.

El primer concierto fue el viernes. Estaba triste porque ahí estaban ellos, a unos kilómetros de mí, y yo, acostada escuchando desde un teléfono prestado las canciones que otras personas estaban escuchando en vivo.

A los 12 años estaba convencida de que nada volvería a dolerme tanto.

Al día siguiente, la noche del segundo concierto, mi papá llegó temprano. Era sábado y él había trabajado todo el día en su trabajo de albañil. Recuerdo que llegó cansado, me miró a los ojos y yo entendí que percibió mi tristeza. Entró a su cuarto y se puso ropa limpia, bonita, y al salir me dijo: “Arréglese, que nos vamos”. No dijo más. No pregunté nada. Solo me puse los tenis, agarré una chaqueta y salí detrás de él.

Caminamos durante 20 minutos para tomar el bus que nos llevaría hasta el estadio. Durante una parte del camino alimenté aquella esperanza en silencio, pero la olvidé por completo cuando llegamos y vimos la fila, el estadio al fondo vibrando de emoción, lleno de música, colores y fiesta. Nunca me había gustado el fútbol, pero en ese momento amé ese estadio.

Había gente por todas partes: camisetas, carteles, vendedores, niñas corriendo de un lado para el otro, y yo no conocía a nadie. Igual, la mayoría ya estaba dentro. Ya solo veíamos el retazo de las pocas chicas que llegaban tarde.

Caminamos por el estadio y yo, incrédula, buscaba la entrada para hacer la fila, pero en algún momento mi papá me hizo una seña para que nos desviáramos hacia una calle que nos alejaba del concierto. Ahí entendí que no teníamos entradas. Él nunca me había dicho que las tuviéramos.

Durante todo ese trayecto había pensado una estupidez: pensé que él había conseguido entradas. No se lo pregunté. Creo que me daba miedo que, si le hacía la pregunta, yo no soportase la respuesta.

Fuimos hasta un supermercado pequeño donde compramos una bolsa de papas, algunos jugos y un par de galletas. Y aun sabiendo que no teníamos boleta, mi papá me tomó de la mano y caminamos hasta un parque que quedaba a dos calles del estadio. Yo pensé que habría fanáticas cerca de las inmediaciones, pero aquel parque estaba solo. Recuerdo que era un parque pequeño que tenía juegos infantiles. Había cuatro postes instalados, pero solo uno daba luz, por lo que estaba oscuro. Los coches pasaban paulatinamente, así que la luz iba y volvía más allá del poste que nos alumbraba mientras nos comíamos nuestras papitas.

Nos sentamos en el andén, prácticamente en la nada. No recuerdo mucho qué pasaba por mi mente, y más cuando mi padre miraba, con la cabeza agachada, cómo pasaban los carros, como si los quisiera contar.

Y entonces empezó el concierto. Nunca creí que a esa distancia la acústica pudiera llegar a ser tan perfecta como lo fue aquella noche. Durante las más de tres horas que duró el concierto no pasó ningún vehículo que opacara el lejano sonido de los bajos, la instrumentación y la voz de los chicos.

Incluso hoy en día no entiendo por qué se escuchaba tan perfecto. Pero escuchábamos a la gente gritar, escuchábamos a los chicos cantar, hablar en coreano e inglés. Incluso llegamos a entender lo que trataban de decir en español.

Cuando sonaban las canciones, yo las reconocía desde la primera nota.

—¡Papá, esta, esta! —gritaba mientras empezaba a cantar y luego el sentimiento me obligaba a bailar. Y entre las transiciones le contaba a mi padre quién cantaba qué parte, le explicaba cuál era mi favorito, aunque he de aceptar que todos me gustaban. También le contaba historias que seguramente él no necesitaba saber, chistes a los que él no les veía la gracia, pero se reía para que yo siguiera bailando y cantando. Le hablé de los siete desconocidos como si fueran amigos de la familia.

Y él, a pesar de que estaba muerto de cansancio, me escuchó. Incluso recuerdo que, en un par de canciones, lo hice levantarse y bailar conmigo. Una de niña tiene mucha energía y en ese momento estaba feliz.

Por cierto, él bailó terrible y yo me reí mucho.

Comimos papitas en la oscuridad y terminamos de escuchar un concierto para el que no teníamos entradas, pero cuando terminó, llegó desde el estadio algo que me conmovió: millones de luces salieron volando dando uno de los espectáculos pirotécnicos más impactante y acogedor que pude haber visto jamás, yo estaba feliz. Pero luego llegaron las lágrimas.

En la tarde del sábado había llorado porque entendí que no iba a entrar y no tenía algo que anhelaba mucho, pero cuando nos levantamos y sentí ese vacío, esa sensación de felicidad, de excitación, de alegría y de amor, solté todo.

Desde donde estábamos se alcanzaba a escuchar el ruido de miles de personas eufóricas, pidiendo “otra”. Aquel rugido de una multitud cuando está siendo feliz al mismo tiempo. Pero para mí fue diferente. Me quedé quieta, casi catatónica durante unos segundos.

Recuerdo ver a mi papá caminar entre las luces de la noche, con su ritmo cansado y su espalda curvada. Cuando llevaba unos metros de distancia, se volvió al percatarse de que no estaba junto a él. Me vio en aquel estado de congelamiento y regresó a mi lado.

No me dijo que habría otra oportunidad ni me prometió que algún día los vería; menos mal. No dijo una sola palabra, solo me abrazó.

Y yo lloré contra su barriga mientras, detrás de él, miles de personas cantaban a capela algo que yo me sabía de memoria.

No había llorado el día anterior, pero aquella tarde lloré como nunca había llorado porque los tenía tan cerca y al final dejaría pasar aquella oportunidad de verlos, conocerlos y gritarles, aunque fuera a la distancia, que los amaba. Sus canciones me hacían reír, me hacían sentir feliz, hacían parte de mi vida. Lloré con una desesperación que hoy me da ternura y un poco de vergüenza recordar. Tenía doce años y estaba absolutamente convencida de que aquello era lo peor que podía pasarme.

Que nunca volvería a querer algo de aquella manera y tenerlo tan cerca sin poder alcanzarlo, pero también pensaba que ya habría otra gira, que volverían, que algún día tendría mi propio dinero y nadie tendría que comprarme la entrada.

A los doce años una cree que la vida tiene la obligación de devolverle las oportunidades que pierde.

No sabía todavía que aquella sería la última vez que los siete estarían juntos en Colombia. No sabía que nunca llegaría a verlos. No sabía que vendrían peleas, excesos, alcohol y drogas, polarización de fans o la muerte. No sabía nada, pero yo sabía algo, por eso lloraba con mucho dolor.

El concierto terminó muy tarde, pero alcanzamos a tomar el último bus, que nos dejaría a 20 minutos de nuestra casa. No me importaba caminar a esa hora por las calles de mi barrio, no importaba la hora, no importaba que tuviera los pies destrozados, la garganta seca de tanto gritar, sueño y cansancio. Quería hablar con mi papá, pero se notaba que estaba cansado, así que evité hacerlo mientras volvíamos.

Cuando llegamos a casa, Mamá todavía estaba despierta. Nos estaba esperando, pues Papá le había avisado por teléfono que ya íbamos a llegar a casa, y ella nos recibió con jugo de guayaba y un tazón enorme de palomitas de maíz. Encima había puesto pedacitos muy delgados de salchicha frita. Tardé unos segundos en entender que no estaban puestos al azar. Decían el nombre del grupo, eran ellos.

Me quedé mirando el tazón y volví a llorar. Mamá se rio de mí, y Papá le dijo que no se burlara, aunque él también se estaba riendo. Mucho tiempo después me enteré de que todo había sido idea de ella. Mi papá solamente había llegado cansado de trabajar, se había puesto su ropa bonita y había cumplido con su parte.

Esa noche no nos acostamos enseguida, pues me senté con Mamá a contarle el concierto entero. O, mejor dicho, a contarle mi concierto. Le dije qué canciones habían cantado, cuáles había reconocido antes de que empezaran a cantar, que no pude resistirme y había bailado en la mitad de la calle, e incluso que Papá había bailado conmigo. Nos quedamos hablando durante mucho tiempo, no supe cuánto.

Durante años recordé aquella como la noche en que los chicos estuvieron a dos calles de mí, y fue mágico.

Anoche soñé con aquel parque: el estadio seguía allí. Escuché las mismas canciones a lo lejos. Volví a reconocerlas todas desde la primera nota. Mi papá seguía sentado a mi lado comiendo papitas y mi mamá todavía estaba despierta esperándonos en casa. Yo tenía doce años, y esta vez no quería que terminara el concierto.